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VUELA

EL NIÑO Y EL ARBOL.

Cuando era niño, su abuelo lo
llevaba a pasear a un parque
solitario.
En medio de éste había un árbol
frutal, joven y hermoso, que iba
creciendo con gran impulso.

El niño miraba con asombro el verde
de sus hojas cómo se iban trenzando
nidos en sus ramas.
Cuando la madre venía a alimentar
a sus pichones, el niño se quedaba
quieto, se ponía a cantar con ella
y a jugar con el árbol.

Eran felices. Jugaban juntos bajo
la mirada del abuelo.
Cuando llegaba el frío y al árbol
se le iban las hojas con el viento,
el niño tenía que ir a la escuela.

Los dos grandes amigos se decían
adiós y se citaban para el día en que
se iniciase otra vez, allí mismo,
el milagro de la vida.
Para volver a estar juntos, jugar y
escuchar el canto de los pájaros,
el silbido del viento entre las ramas,
y a ser felices.

Un día, el niño no acudió a la cita.
El árbol esperó y esperó.
Aquel año sus frutos no fueron tan
dulces, ni sus hojas tan verdes.
Pasaron muchos años y el árbol
se llenó de recuerdos.

Hasta que con inmensa alegría vio
venir a un hombre que era el niño.
Meció sus ramas y silbó de nuevo
el viento.
Y aquel hombre le dijo:

- No tengo tiempo para jugar
 ni ser feliz. Sólo quiero dinero.

- Si eso quieres –dijo el árbol-,
 toma mis frutos, véndelos.
 Hazte rico y vuelve a jugar conmigo.

El hombre tomó todos los frutos
y se fue y no volvió.
Cuando regresó, después de muchos años
el árbol se alegró mucho.
Era invierno y el niño,
que era  un hombre,
tenía mucho frío y gritó:

- Tengo frío! necesito calentarme!

- Corta mis ramas y haz fuego con ellas.
 Caliéntate y luego jugaremos juntos.

El hombre cortó las ramas e hizo fuego.
Entró el calor en su cuerpo y se alejó
del parque dejando solo al árbol.

Volvieron a pasar otros muchos años
y el árbol con su copa más alta podía
ver si se acercaba el niño.

Un día llegó un hombre pensativo,
con un halo de tristeza.
Al tocarlo, el árbol reconoció aquellas
manos, y una inmensa alegría estremeció
su corazón solitario.

- ¿Porqué piensas tanto? –le dijo el árbol-,
  volvamos a ser niños.

- Estoy cansado de esta tierra.
 Quiero ir lejos, perderme en el mar,
 cruzar océanos, conocer…

- Ven, corta mi tronco, hazte un
 barco con él. Sé libre como quieres.

Y así sucedió.

Cuando toda esperanza parecía perdida,
apareció en el parque un anciano ya
sin voz, con la misma tristeza en su
rostro.
Las raíces del árbol sintieron acercarse
aquellos pasos conocidos, y entendieron
su lenguaje de recuerdos.

El anciano dijo ya sin fuerzas:

- Ya no quiero vivir, quiero descansar en paz.

Y el muñón, que era el árbol,
dijo su última palabra:

- Ven, siéntate aquí sobre mis heridas,
 descansa y seamos de nuevo felices juntos.

El anciano se sentó y descansó mucho
tiempo, cerrando los ojos,
viviendo toda la vida de recuerdos.
Y cuando sus manos quisieron acariciar
el muñón del árbol, sintieron un árbol niño,
una rama verde que se hacía vida nueva.
Y al mirar sus manos, eran manos de niño,
y vino un ave, y su canto se esparció
en el parque, y el viento silbó de nuevo.

"El que ama de verdad no sólo está
dispuesto a darlo todo, sino que
está dispuesto a darse".
Fundación Diakonia

DANDO TODO





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